¿Y si nosotros mismos fuéramos los responsables de la contaminación que respiramos?

Tras la entrada anterior del blog, «¿Y si el COVID nos ha dado la respuesta de la juventud eterna?», comenté a mi amigo Carlos que, si se encontraba con artículos científicos interesantes, me los enviara. Y, fiel a su palabra, aquí llega el segundo.

Un estudio publicado en Science Advances revela que nuestra piel, los perfumes y las cremas modifican la química del aire que nos rodea, aunque todavía no sabemos si eso es bueno o malo para nuestra salud.

Cuando pensamos en contaminación del aire solemos imaginar coches, fábricas, calefacciones o grandes ciudades cubiertas por una nube gris. Pero ¿y si parte de esa contaminación estuviera mucho más cerca? ¿Y si la lleváramos literalmente puesta sobre la piel?

Parece una afirmación exagerada, pero una investigación publicada recientemente en la revista Science Advances plantea una idea que invita a reflexionar: nuestros cosméticos no solo actúan sobre la piel, también modifican la química del aire que respiramos a nuestro alrededor.

Antes de alarmarnos, conviene aclarar algo importante: el estudio no dice que los perfumes o las cremas sean perjudiciales. Lo que demuestra es algo mucho más interesante. Nuestro cuerpo genera una especie de «atmósfera química personal» y los productos que utilizamos cada día son capaces de alterarla.

Una nube invisible que nos acompaña constantemente

Aunque no podamos verla, cada persona está rodeada por una nube de moléculas emitidas por la piel y la respiración.

Nuestro organismo libera continuamente compuestos químicos procedentes del metabolismo y del sebo cutáneo. Cuando estas sustancias entran en contacto con el ozono presente en el aire, se desencadenan reacciones químicas que generan radicales hidroxilo (OH), unas moléculas extremadamente reactivas que los científicos conocen como el «detergente de la atmósfera».

¿La consecuencia?

Se forma una pequeña zona química alrededor de nuestro cuerpo denominada «campo de oxidación humano».

La mayoría de nosotros jamás habíamos oído hablar de él. Sin embargo, los investigadores creen que puede influir en la composición del aire que respiramos de forma mucho más directa de lo que imaginamos.

La primera sorpresa: una crema hidratante cambia esa química

Para estudiar este fenómeno, los investigadores pidieron a varios voluntarios que se aplicaran una loción corporal y analizaron posteriormente la química del aire que les rodeaba.

El resultado fue sorprendente.

La crema reducía la intensidad del campo de oxidación humano.

¿Por qué ocurre esto?

Por una parte, la loción actúa como una barrera física que dificulta el contacto entre el ozono y algunos componentes naturales de la piel responsables de generar parte de estas reacciones químicas.

Por otra, ciertos ingredientes de la fórmula pasan al aire y reaccionan con los radicales hidroxilo, disminuyendo su concentración.

En otras palabras, la crema no solo hidrata la piel: también modifica el pequeño ecosistema químico que existe a nuestro alrededor.

El perfume también cambia el aire… pero no por lo que imaginas

Aquí llega probablemente la parte más llamativa del estudio.

Los investigadores analizaron qué ocurría tras aplicar un perfume comercial. Lo lógico sería pensar que los compuestos aromáticos son los responsables de cualquier efecto observado.

Sin embargo, el verdadero protagonista resultó ser otro.

El alcohol.

La mayoría de perfumes contienen grandes cantidades de etanol que actúa como vehículo para transportar las sustancias aromáticas. Cuando aplicamos el perfume, el alcohol se evapora rápidamente y pasa al aire.

Los investigadores comprobaron que este etanol consume una gran cantidad de radicales hidroxilo y reduce de forma notable la actividad oxidativa alrededor de la persona.

Paradójicamente, el principal efecto químico del perfume no parece estar relacionado con su aroma, sino con el alcohol que contiene.

¿Entonces los cosméticos son malos?

Aquí es donde debemos detenernos y evitar conclusiones precipitadas.

Porque esta es precisamente la pregunta que el estudio no responde.

Los autores demostraron que las cremas y los perfumes alteran el campo de oxidación humano, pero no pudieron determinar si esa alteración es beneficiosa o perjudicial para la salud.

Y esto es importante.

Vivimos en una época en la que con frecuencia se confunde un hallazgo científico con una recomendación sanitaria. Pero descubrir que algo ocurre no significa automáticamente que sea bueno o malo.

La pregunta realmente interesante

Los radicales hidroxilo participan en la transformación de muchas sustancias presentes en el aire.

Si hay más radicales, algunos contaminantes se transforman más rápidamente.

Si hay menos radicales, esas transformaciones disminuyen.

¿Cuál de las dos situaciones es mejor?

La realidad es que todavía no lo sabemos.

Algunas reacciones químicas pueden generar compuestos más irritantes que los originales. Otras pueden contribuir a eliminar determinadas sustancias del ambiente.

Por eso los propios investigadores insisten en que estamos ante una línea de investigación muy reciente y que aún quedan muchas preguntas por responder.

Quizá estamos mirando el problema desde el lugar equivocado

Durante décadas hemos evaluado los cosméticos por su eficacia, su seguridad, su sensorialidad o su capacidad para mejorar el aspecto de la piel.

Pero este trabajo plantea una perspectiva completamente nueva.

¿Qué ocurre cuando esos productos abandonan la superficie cutánea y pasan al aire?

¿Qué impacto tienen sobre la química de nuestro entorno inmediato?

¿Podrían influir en la calidad del aire que respiramos en casa, en la oficina o en espacios cerrados?

Todavía no tenemos respuestas definitivas, pero ya sabemos que la pregunta merece ser formulada.

Una conclusión para reflexionar

Tal vez la enseñanza más interesante de este estudio no sea que los perfumes o las cremas modifican el campo de oxidación humano.

Lo verdaderamente relevante es que nos obliga a abandonar una visión simplista de nuestro entorno.

No somos simples espectadores del aire que respiramos. Interactuamos constantemente con él. Nuestra piel, nuestra respiración, nuestra ropa y los productos que utilizamos participan en una compleja conversación química que ocurre de forma continua y que hasta hace muy poco pasaba completamente desapercibida.

¿Y si nosotros mismos fuéramos los responsables de la contaminación que respiramos?

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